martes, 3 de septiembre de 2013

03/SETIEMBRE: CULTO A CAPACOCHA

La ceremonia abarcaba los adoratorios o huacas que se localizaban en toda la extensión del Tahuantinsuyo y servía para unir al espacio sagrado con el tiempo ancestral.

De las cuatro direcciones del estado Inca, algunos poblados enviaban uno o más niños al Cusco, los que eran elegidos por su excepcional belleza y perfección física libre de todo defecto, por lo general hijos de caciques y con el fin de realizar alianzas en estos ritos.

Los niños eran símbolos de pureza ante los dioses y a las niñas se las criaba en la Casa de las Vírgenes del Sol, donde vivían desde los ocho años de edad hasta el momento del sacrificio.

Transitaban por los sólidos caminos construidos por el vasto imperio, acompañadas de las huacas (ídolos o dioses adorados) más importantes de su tierra natal, integraban además la cohorte los curacas y representantes más notables (políticos y religiosos) de las provincias conquistadas. “...llevaban por delante en hombros los sacrificios y los bultos de oro y plata y carneros y otras cosas que se habían de sacrificar; las criaturas que podían ir a pie, por su pie, y las que no las llevaban las madres…” (Molina, 1575).

Una vez en el Cuzco, adoraban al Sol, al Rayo y a las momias de la dinastía real que eran los principales dioses. Algunos eran sacrificadas allí.

Según la creencia Inca, los niños ofrendados no morían, sino que se reunían con sus antepasados, quienes observaban las aldeas desde las cumbres de las altas montañas. Las ofrendas humanas se realizaban solo en las huacas o adoratorios más importantes del Tahuantinsuyo.

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